lunes, 21 de marzo de 2011

Modelo salarial y competitividad

RAMÓN GÓRRIZ Y TONI FERRER 13/03/2011

Las recientes y reiteradas peticiones de desvincular los salarios de la inflación, promovidas por el Banco Central Europeo, la canciller alemana Merkel, el Banco de España o "influyentes" grupos de 100, no son recetas nuevas. Suponen la continuidad, independientemente de la coyuntura, del neoclásico discurso de política monetaria que busca flexibilizar los salarios a la baja.

Pretender desvincular los salarios de la inflación supone romper con el mecanismo de determinación salarial de la práctica totalidad de países europeos. La productividad no aparece como referencia en todos los países, mientras la inflación es el indicador principal en la mayoría a la hora de fijar los salarios, según un informe del BCE.

Nuestro modelo salarial ha demostrado servir tanto en épocas de crisis (surgió como respuesta a la elevada inflación tras la crisis del petróleo) como en las de bonanza.

Ceder el protagonismo exclusivo a la productividad significa desconocer la realidad de nuestra economía, pues tiene un comportamiento claramente contracíclico. Durante las fases expansivas, la productividad del trabajo muestra crecimientos moderados, mientras que en recesión aumenta el ritmo de crecimiento, máxime tras el estallido de la burbuja inmobiliaria.

El actual Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva 2010-2012 ha consolidado la compatibilidad de ganar poder de compra (que las subidas salariales sean superiores a la inflación de forma moderada, de media un 0,6% entre 2001 y 2010), con el reparto negociado de los aumentos de productividad. Entre 1996-2009, el crecimiento de ambas rentas se ha situado en el 0,1% a favor del excedente empresarial.

Si se pretende lograr la convergencia real con Europa, la evolución de los salarios ha de ser superior a la de nuestros socios europeos, pues el sueldo medio español es inferior al de otros países europeos. De lo contrario, la mejora de competitividad no podrá realizarse a través de factores estructurales del crecimiento, pues una débil y deteriorada capacidad adquisitiva merma el consumo y la inversión y, en consecuencia, el crecimiento a corto y largo plazo.

El modelo productivo español (excesiva dependencia energética, tejido productivo insuficiente, servicios escasamente avanzados hacia actividades con mayor valor añadido, excesivo aumento de precios) ha lastrado la capacidad de competir de los bienes y servicios. No es el ajuste salarial lo que confiere competitividad a una economía, sino su capacidad de crear empleo de calidad (formando a los trabajadores), basado en salarios dignos, en la reducción de la desigualdad salarial; y la búsqueda empresarial de calidad, diseño e innovación, incorporación de nuevas tecnologías y atención al medio ambiente. Sólo así las economías serán productivas y podrán competir y sobrevivir en el largo plazo.

Los sucesivos acuerdos de negociación colectiva han seguido el criterio de buscar alzas salariales que permitieran ganar poder adquisitivo de acuerdo a la productividad. Se establecía una subida inicial calculada con el objetivo de inflación y el porcentaje relacionado con la productividad real para, al final del año ajustar el resultado con la evolución cierta de los precios. Esta fórmula protege la negociación salarial sin presionar automáticamente los precios, ya que de cumplirse el objetivo de inflación no se pone en marcha la cláusula de garantía; y en caso de activarse es por una ineficiente determinación de los precios por parte de quienes tienen posibilidad de hacerlo.

Este modelo ha contribuido a reducir la inflación, a mantener la demanda agregada, a pactar vigencias en los convenios más largas y a evitar la individualización.

Un modelo salarial que contemple la evolución de precios y el aumento negociado de productividad es útil, en cada momento del ciclo, para empresarios y trabajadores, y mejora la competitividad y el empleo.

Ramón Górriz y Toni Ferrer son secretarios de Acción Sindical de CC OO y UGT respectivamente.

EMPIEZO A SALIRME CON LA MÍA EN ESO DE LOS COMITÉS

Casi me atraganto con el tejeringo esta mañana mientras desayunaba. Una tabarra que vengo dando desde hace dos décadas aparece en un artículo colectivo que hoy publica la separata sepia de El País, firmada por lo más granado de la flor y la nata del iuslaboralismo patrio. ¡Albricias!, exclamo. Transcribiré, primero, el párrafo y, después, editaré alborozadamente tan suculento artículo. Dice: “Es preciso, asimismo, acabar con la dualidad del tipo de representación de los trabajadores en la negociación colectiva empresarial y reconocer legitimación negocial a las organizaciones sindicales en razón de su representatividad, para dotar al régimen de coherencia y uniformidad en la determinación de los sujetos negociales”. Bien dicho, y –despejado el atragantamiento— sigo con mi robusta ración de tejeringos. Pienso que mi encabezonamiento empieza a dar unos primeros frutos. Y, desde aquí, ruego encarecidamente a mis sobrinos Antonio Baylos y Joaquín Aparicio –dos conspicuos abajofirmantes-- que me pongan a los pies de la primera redactora, la profesora Margarita Ramos Quintana. Y, mientras sigo con mis tejeringos, leo el trabajo colectivo. Que dice lo que verán ustedes:



La reforma del mercado de trabajo llevada a cabo por la Ley 35/2010, de 17 de septiembre, dejó aparcada la relativa a nuestro sistema de negociación colectiva, al ser este un aspecto absolutamente vertebrador del modelo de relaciones de trabajo cuyos artífices deberían ser los propios interlocutores sociales, organizaciones sindicales y empresariales más representativas, que son, en definitiva, los constructores y aplicadores del sistema negocial de condiciones de trabajo. El plazo dado a dichas organizaciones expira el próximo día 19 de marzo, y de no alcanzar acuerdo al respecto, podrá intervenir el Gobierno estableciendo unilateralmente los contenidos de dicha reforma.

La estructura de la negociación colectiva responde a un esquema complejo que ha ido tejiéndose y consolidándose a medida que la actuación y la interlocución de los agentes negociadores han ido alcanzando experiencia y madurez. En el momento actual, tratar de articular la negociación colectiva de condiciones de trabajo de la mayor parte de la población trabajadora en este país a través de la potenciación de los convenios colectivos de empresa encierra una opción de una radicalidad inexplicable, al constituir, de forma meridianamente clara, la desvertebración del sistema negocial y la fragmentación del régimen de condiciones de trabajo. Si al fortalecimiento del convenio empresarial le acompaña la propuesta de desaparición de convenios colectivos supraempresariales (provinciales o autonómicos) por la complejidad que esos niveles, se dice, entrañan, y se complementa con el mantenimiento de los convenios sectoriales de ámbito estatal, la desarticulación negocial empezaría a estar asegurada. Porque los convenios de sector estatal, prácticamente, se limitan a la articulación de los niveles inferiores de negociación y a establecer contenidos mínimos en limitadas materias relativas a condiciones de trabajo. Por el contrario, la negociación colectiva supraempresarial de ámbito inferior al estatal, con independencia del nivel que se escoja, ha desarrollado y, sin duda, puede seguir desempeñando un papel relevante de determinación y objetivación de condiciones de trabajo, como voces empresariales han reconocido.

Para las empresas, en especial para las pymes, el convenio provincial o autonómico puede constituir una importante herramienta de solución de aspectos y condiciones que a nivel empresarial serían de difícil determinación, lo que no restaría eficacia al objetivo de adaptabilidad de su contenido a la realidad económico-empresarial. Ha de recordarse sobre este extremo que la Ley 35/2010 introdujo importantes dosis de flexibilidad interna, permitiendo que el empresario adopte medidas de modificación de condiciones de trabajo pactadas y proceda al descuelgue salarial respecto de lo establecido en convenios de ámbito superior en situaciones de crisis o dificultad económica. Y por lo que a los arbitrajes se refiere, en cuanto fórmula de resolución de discrepancias por la aplicación del convenio colectivo, difícilmente y como regla general pueden tener carácter obligatorio, en la medida en que una fórmula de ese calibre lesionaría la libertad sindical y la autonomía colectiva de representantes de los trabajadores y de los empresarios, conforme señala la Constitución y ha avalado el Tribunal Constitucional. El arbitraje es una fórmula de hetero-composición de los conflictos y discrepancias laborales, por lo que representa un retroceso en los avances que podría arrojar el ejercicio maduro y responsable de las facultades inherentes a la autonomía colectiva, de modo que, siendo el arbitraje una fórmula jurídicamente viable, encierra, sin embargo, un cambio en nuestro modelo de negociación colectiva, hasta ahora basado en la gestión y administración del convenio por órganos paritarios.

Es preciso, asimismo, acabar con la dualidad del tipo de representación de los trabajadores en la negociación colectiva empresarial y reconocer legitimación negocial a las organizaciones sindicales en razón de su representatividad, para dotar al régimen de coherencia y uniformidad en la determinación de los sujetos negociadores. Por otra parte, los convenios colectivos de ámbito superior a la empresa tienen unas reglas de legitimación perfectamente adecuadas a exigencias de base constitucional, esto es, son negociados por sujetos de muy amplia base representativa, como son las organizaciones sindicales y empresariales más representativas con carácter general. Por consiguiente, desplazar la obligatoriedad del convenio colectivo no sobre la base de criterios de la representatividad que ostentan los sujetos que los negocian, sino sobre el número de empleados y número de empresas afectadas por el convenio, alteraría de forma radical las bases constitucionales del sistema de relaciones de trabajo.

En la determinación y composición del salario, así como en la fijación de mecanismos susceptibles de ser utilizados para asegurar su evolución atendiendo, al propio tiempo, a otros factores relevantes, como son la productividad y el empleo, la propuesta de vincular exclusivamente salarios con productividad encierra una operación muy delicada, por no decir, abiertamente, arriesgada. En primer lugar, el desarrollo de nuestra negociación colectiva no ha conocido hasta ahora un sistema de medición o cuantificación de esta naturaleza, por lo que no existen parámetros de medición objetiva ensayados y experimentados. Ligar, por el contrario, salarios con evolución del IPC ha comportado indudables ventajas, entre las que cabe destacar el aseguramiento de un poder adquisitivo en la contraprestación retributiva en la relación de trabajo. Ello, a su vez, repercute en el consumo y contribuye a dinamizar la economía. En segundo lugar, hacer depender los costes salariales de los niveles de productividad comporta, entre otros, el efecto de infligir a los trabajadores más sufrimiento: desde soportar en su salario las consecuencias de una deficitaria o mala gestión empresarial hasta el generalizado deterioro económico y empobrecimiento de la población trabajadora, especialmente en un momento como el actual de progresiva ascensión del IPC y previsible subida de los tipos de interés, con el consiguiente riesgo de disparo de la inflación.

El último de los núcleos duros de la reforma de la negociación colectiva lo constituye la denominada "ultraactividad" de los convenios colectivos, o la continuidad de la aplicación de sus condiciones objetivas de trabajo, una vez denunciado y abierto el periodo de renegociación del nuevo convenio que sustituirá al anterior. A la ultraactividad convencional se le imputa el efecto de producir inercia en el proceso de negociación para alcanzar un nuevo convenio. El motivo de su rechazo radica, fundamentalmente, en la falta de adecuación de los costes salariales y de la jornada de trabajo a las nuevas realidades de la actividad económica mientras se está sustanciando el procedimiento negociador. Pero nada se dice, y falta por analizar, el grado de indeterminación, inseguridad y, por consiguiente, de conflictividad que puede generar en nuestro sistema de relaciones de trabajo el limbo jurídico a que conduciría la supresión del efecto ultraactivo, al desaparecer todo marco objetivo de condiciones de trabajo.

Los postulados de reforma del sistema de negociación colectiva no solo deben atender criterios de eficacia y eficiencia económica, sino que, igualmente, están llamados a atender principios de cohesión económica y social, como presupuestos indispensables para asegurar su viabilidad y correcta aplicación. Estas propuestas que aquí se efectúan tratan de dar respuesta a un ejercicio de responsabilidad en momentos como los actuales en que es preciso ofrecer fórmulas de equilibrio para que la negociación colectiva sea un instrumento útil en la creación de empleo y dé sostén a un marco estable de condiciones de trabajo a fin de contribuir a la recuperación económica. Las organizaciones sindicales y empresariales en estos momentos están responsablemente llamadas a aproximar posturas y alcanzar acuerdos.

Firman este artículo Margarita Ramos Quintana (Universidad de La Laguna), José Luis Monereo Pérez (Universidad de Granada), Antonio Baylos Grau (Universidad de Castilla-La Mancha), María Amparo Ballester Pastor (Universidad de Valencia), Manuel Álvarez de la Rosa (Universidad de La Laguna), José Luján Alcaraz (Universidad de Murcia), Jaime Cabeza Pereiro (Universidad de Vigo), Julia López López (Universidad Pompeu Fabra Barcelona), Jesús Galiana Moreno (Universidad de Murcia), Eduardo Rojo Torrecilla (Universidad Autónoma de Barcelona), Teresa Pérez del Río (Universidad de Cádiz), Juan López Gandía (Universidad Politécnica de Valencia), Joaquín Aparicio Tovar (Universidad de Castilla-La Mancha), María Nieves Moreno Vida (Universidad de Granada), Rosa Quesada Segura (Universidad de Málaga), José Luis Goñi Sein (Universidad Pública de Navarra), Gloria Rojas Rivero (Universidad de La Laguna) y Carlos Alfonso Mellado (Universidad de Valencia).


Radio Parapanda. MISCELANEA PORTUGUESA




domingo, 20 de marzo de 2011

Hablemos de productividad


BRUNO ESTRADA

La aceptación de aumentar el Fondo de Rescate hasta 440.000 millones de euros para respaldar la deuda pública de países con riesgo de insolvencia tenía su cruz. En la medida que los esfuerzos financieros de ese fondo provendrán principalmente de Alemania, la canciller Merkel, junto con el solícito Sarkozy, han propuesto un supuesto pacto por la competitividad. Este contiene alguna propuesta interesante, aunque insuficiente, como la búsqueda de un cálculo común para el impuesto de sociedades a escala europea. Para evitar una permanente devaluación fiscal, no sólo debe homogeneizarse la definición de su base imponible, sino también de sus tipos. En palabras del economista alemán H. W. Sinn, “con una armonización planificada colectivamente, en lugar de una forzada por la competencia entre sistemas fiscales, Europa no tendrá que renunciar a sus logros sociales y no tendría que sufrir las distorsiones de origen fiscal”.

Sin embargo, el centro del debate se sitúa en la polémica propuesta de la eliminación del sistema de indexación de salarios
–que posibilita el mantenimiento del poder adquisitivo de las rentas del trabajo– y su sustitución por un modelo que vincule los crecimientos salariales (nominales) al incremento de la productividad. Esta propuesta, de aceptarse, supondría la institucionalización de un mecanismo de “ajuste salarial permanente”.

Según datos de la Comisión Europea, el crecimiento de la productividad en España –definida esta como el PIB real por hora trabajada– durante la década de los noventa ha sido del 1,5% anual, y del 1% durante la década de 2000. Sin embargo, el crecimiento medio de la inflación durante esas décadas fue del 4,2% y del 3% respectivamente. Si en estas últimas dos décadas se hubiese arbitrado un mecanismo como el del plan de competitividad, la pérdida de capacidad adquisitiva de los salarios españoles hubiese sido aún mayor.
De hecho, los salarios reales en España han crecido durante las últimas dos décadas por debajo de la productividad. Esta es la razón por la cual los costes laborales unitarios –que relacionan salario medio y productividad– se han reducido un 10% desde 1990 hasta hoy.
Los representantes de la CEOE que reclaman ligar salarios (nominales) y productividad pretenden, al igual que el Banco de España, acabar con las cláusulas de revisión y aumentar con ello el peso de las rentas del capital en el PIB. Nada nuevo bajo el sol: en los últimos 25 años, los 40.000 españoles más ricos han pasado de poseer el 2% de la riqueza nacional al 4%, sobre todo por ganancias de capital. Los ajustes frente a la crisis vuelven a intentar repercutirse sobre los y las trabajadoras, en este caso no ya por la vía del empleo, sino de la depresión salarial.

Además, si se tomara de referencia salarial la productividad en el ámbito de las empresas, nos encontraríamos con que esta no sólo depende de la competitividad de sus productos, sino también de su poder de mercado y de otros factores contextuales (infraestructuras, nivel tecnológico, innovación organizativa y comercial, economías de escala interempresariales, provisión de servicios públicos en el entorno, prosperidad del mercado en el que se mueve, etc.).
Hacer una negociación colectiva descentralizada sobre los salarios en función de la productividad de las empresas estaría abriendo la brecha salarial entre los trabajadores de sectores oligopólicos (por ejemplo, financiero, producción eléctrica, fabricación de automóviles) y el resto, lo que conllevaría que el ajuste se propicie contra las plantillas del tejido empresarial más débil, reforzando la recesión.

Otra cosa sería que, partiendo de un suelo digno (salarios mínimos sectoriales que deberían actualizarse en relación con la evolución del poder adquisitivo), se desarrollen instrumentos para disputar la generación de riqueza producida en las empresas. La participación colectiva de los trabajadores en las decisiones empresariales podría implicar una mejora de la productividad de las mismas si incrementara el volumen de beneficios no distribuidos a los accionistas, reinvirtiéndolos en actividades de I+D+i que impulsen un cambio del modelo tecnoproductivo en clave de sostenibilidad y en la formación de los trabajadores. Las fórmulas de participación de los trabajadores en sus empresas pueden ser diferentes, unas pueden cuestionar el modelo socioeconómico y otras moverse en el existente.

El último Gobierno de Olof Palme impulsó en Suecia los Fondos de Inversión de los Asalariados. Una parte añadida al salario se remunera en acciones, que se sindican colectivamente, lo que posibilita influir o bloquear determinadas decisiones, reducir la presión sobre los salarios y una cierta defensa para los trabajadores en tiempos de crisis. Los fondos garantizan un núcleo estable de capital, reduciendo la dependencia del capital impaciente que exclusivamente busca incrementar el reparto de dividendos.
Impulsar nuevos elementos en el modelo de negociación colectiva que armonicen al alza los derechos laborales debería ser el eje central de un pacto europeo por la competitividad favorable a una mayoría social. La generación de riqueza en una sociedad basada en el conocimiento, como quiere ser la sociedad europea del siglo XXI, sólo puede sustentarse en la democratización de la economía.

Bruno Estrada es Economista. Director de Estudios de la Fundación 1º de mayo
*También firman este artículo Daniel Albarracín, Ignacio Álvarez, Manuel Garí y Bibiana Medialdea.

Ilustración de Diego Mir

martes, 15 de marzo de 2011


Elogio de la ociosidad
Bertrand Russell
(1932)

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán "La ociosidad es la madre
de todos los vicios". Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una
conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi
conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución. Creo
que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha
causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es
algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado. Todo el mundo conoce la
historia del viajero que vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes de la época
de Mussolini) y ofreció una lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un
salto para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo correcto. Pero en
los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para promoverla
se requeriría una gran propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los
dirigentes de la Asociación Cristiana de jóvenes emprendan una campaña para inducir a los
jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano. Antes de presentar mis propios
argumentos en favor de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar. Cada vez que
alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de
trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él o a ella, que tal conducta
lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento
fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de
pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y
al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los
demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre
que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino
francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y
se plantean diferentes casos.
Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con los ahorros es prestarlos a algún
gobierno. En vista del hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los
gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas de guerras pasadas o en la preparación de
guerras futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se halla en la misma situación
que el malvado de Shakespeare que alquila asesinos. El resultado estricto de los hábitos de
ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas armadas del estado al que presta sus
economías. Resulta evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun cuando lo gastara en
bebida o en juego.
Pero -se me dirá- el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en
empresas industriales. Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede
admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas fracasan.
Esto significa que una gran cantidad de trabajo humano, que hubiera podido dedicarse a
producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas que,
una vez construidas, permanecen paradas y no benefician a nadie. Por ende, el hombre que
invierte sus ahorros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como a sí mismo.
Si gasta su dinero -digamos- en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán -cabe esperarlo-,
al tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero,
el panadero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta -digamos- en tender rieles para
tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un considerable
volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se
empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia
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inmerecida, en tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le
despreciará como persona alocada y frívola.
Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes
del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad
y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.
Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de
la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la
segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está mal
pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de
extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que
dan consejos acerca de qué órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de
hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para
esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de
darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del
arte de la propaganda.
En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera clase de hombres, más respetada que
cualquiera de las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra,
están en condiciones de hacer que otros paguen por el privilegio de que les consienta existir y
trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por ello cabría esperar que yo los elogiara.
Desgraciadamente, su ociosidad solamente resulta posible gracias a la laboriosidad de otros;
en efecto, su deseo de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo.
Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.
Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, por lo
general, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia
subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como él,
y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello. El
pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que lo
producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna
no había excedente; los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto
como en otros tiempos, con el resultado de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
Este sistema perduró en Rusia hasta 1917 [*] y todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a
pesar de la revolución industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y
hasta hace cien años, cuando la nueva clase de los industriales ganó poder. En Norteamérica,
el sistema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde sobrevivió hasta la guerra civil.
Un sistema que duró tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una
huella profunda en los pensamientos y las opiniones de los hombres. Buena parte de lo que
damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de este sistema, y, al ser
preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible que
el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco
numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. La moral del
trabajo es la moral de los 'esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Es evidente que, en las comunidades primitivas, los campesinos, de haber podido decidir, no
hubieran entregado el escaso excedente con que subsistían los guerreros y los sacerdotes,
sino que hubiesen producido menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los
obligaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente, sin embargo, resultó posible inducir
a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su deber trabajar intensamente,
aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros, que permanecían ociosos. Por este medio,
la compulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de gobierno disminuyeron. En nuestros
días, el noventa y nueve por ciento de los asalariados británicos, se sentirían realmente
impresionados si se les dijera que el rey no debe tener ingresos mayores que los de un
trabajador. El deber, en términos históricos, ha sido un medio, ideado por los poseedores del
poder, para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio
interés. Por supuesto, los poseedores del poder también han hecho lo propio aún ante si
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mismos, y sé las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más grandes
intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los atenienses propietarios de esclavos, por
ejemplo, empleaban parte de su tiempo libre en hacer una contribución permanente a la
civilización, que hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es
esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el
tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno,
sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el
ocio, sin menoscabo para la civilización.
La técnica moderna ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de trabajo requerida
para asegurar lo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evidente durante la guerra.
En aquel tiempo, todos los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las
mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos los hombres y todas las mujeres
ocupados en espiar, en hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas
con la guerra, fueron apartados de las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel
general de bienestar físico entre los asalariados no especializados de las naciones aliadas fue
más alto que antes y que después. La significación de este hecho fue encubierta por las
finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando al
presente. Pero esto, desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede comerse una
rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró de modo concluyente que la
organización científica de la producción permite mantener las poblaciones modernas en un
considerable bienestar con sólo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo
entero. Si la organización científica, que se había concebido para liberar hombres que lucharan
y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a
cuatro las horas de trabajo, todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo
caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar largas horas, y al resto
se le dejó morir de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y un
hombre no debe recibir salarios proporcionados a lo que ha producido, sino proporcionados a
su virtud, demostrada por su laboriosidad.
Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en circunstancias completamente distintas de
aquellas en las que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido desastroso. Tomemos
un ejemplo. Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja
en la manufactura de alfileres. Trabajando -digamos- ocho horas por día, hacen tantos alfileres
como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas
puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita
duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera
venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los implicados en la
fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás
continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres
aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de
los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan
sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres
están absolutamente ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando demasiado. De este
modo, queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes, en
lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?
La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los
ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada normal de trabajo de un hombre era de
quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabajaban
doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que quizá tal cantidad de horas fuese
excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal.
Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto,
fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas.
Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: "¿Para qué quieren las fiestas los pobres?
Deberían trabajar". Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento persiste, y es la
fuente de gran parte de nuestra confusión económica.
Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser
humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del
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trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto,
desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto,
puede prestar algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un
médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En
esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solamente en esta medida.
No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades modernas, aparte de la URSS, mucha
gente elude aun esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan
dinero y todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se consienta a
éstos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los
asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre.
Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro -
dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata-. Esta idea
escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear
tanto tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya
estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de
los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el
ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen
tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no
tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob atracción por la inutilidad, que en una sociedad
aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin
embargo, no la pone en situación más acorde con el sentido común.
El sabio empleo del tiempo libre -hemos de admitirlo- es un producto de la civilización y de la
educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda
súbitamente ocioso. Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá
privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la
gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos
lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.
En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia, así como hay mucho muy diferente de la
tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cambiado en absoluto. La
actitud de las clases gobernantes, y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda
educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es casi exactamente la misma que las
clases gobernantes de todo el mundo han predicado siempre a los llamados pobres honrados.
Laboriosidad, sobriedad, buena voluntad para trabajar largas horas a cambio de lejanas
ventajas, inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por añadidura, la autoridad todavía
representa la voluntad del Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibe ahora un nuevo
nombre: materialismo dialéctico.
La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos puntos en común con la victoria de las
feministas en algunos otros países. Durante siglos, los hombres han admitido la superior
santidad de las mujeres, y han consolado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la
santidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas decidieron tener las dos cosas,
ya que las precursoras de entre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho acerca
de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les habían dicho acerca de la inutilidad del poder
político. Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere al trabajo manual. Durante
siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han alabado la
vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al
cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores
manuales que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio,
tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial
nobleza de su esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas acerca de la excelencia del
trabajo manual han sido tomadas en serio, con el resultado de que el trabajador manual se ve
más honrado que nadie. Se hacen lo que, en esencia, son llamamientos a la resurrección de la
fe, pero no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los trabajadores de choque
necesarios para tareas especiales. El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes,
y es la base de toda enseñanza ética.
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En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para bien. Un país grande, lleno de recursos
naturales, espera el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy escaso del crédito.
En tales circunstancias, el trabajo duro es necesario, y cabe suponer que reportará una gran
recompensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto en que todo el mundo pueda
vivir cómodamente sin trabajar largas horas?
En Occidente tenemos varias maneras de tratar este problema. No aspiramos a Injusticia
económica; de modo que una gran proporción del producto total va a parar a manos de una
pequeña minoría de la población, muchos de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por
ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no
hacen falta. Mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población trabajadora, ya que
podemos pasarnos sin su trabajo haciendo trabajar en exceso a los demás. Cuando todos
estos métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra: mandamos a un cierto
número de personas a fabricar explosivos de alta potencia y a otro número determinado a
hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales.
Con una combinación de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad,
para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro
trabajo manual.
En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al control centralizado de la producción, el
problema tiene que resolverse de forma distinta. La solución racional sería, tan pronto como se
pudiera asegurar las necesidades primarias y las comodidades elementales para todos, reducir
las horas de trabajo gradualmente, dejando que una votación popular decidiera, en cada nivel,
la preferencia por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado la suprema virtud del
trabajo intenso, es difícil ver cómo pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que haya
mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más probable que encuentren continuamente
nuevos proyectos en nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a la
productividad futura. Recientemente he leído acerca de un ingenioso plan propuesto por
ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrionales de Siberia se
calienten, construyendo un dique a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero
capaz de posponer el bienestar proletario por toda una generación, tiempo durante el cual la
nobleza del trabajo sería proclamada en los campos helados y entre las tormentas de nieve del
océano Ártico. Esto, si sucede, será el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso
como un fin en sí misma, más que como un medio para alcanzar un estado de cosas en el cual
tal trabajo ya no fuera necesario.
El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para
nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera,
tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido llevados a
conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos
a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del
trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el
nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente
inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene
gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor
parte de su vida, no es probable que os responda: "Me agrada el trabajo físico porque me hace
sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me
gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi
cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan
feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento".
Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.
Consideran el trabajo como debe ser considerado como un medio necesario para ganarse el
sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.
Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo
llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que
ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido
cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que,
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hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que
todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas
serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los
jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es
trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables
son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba. El carnicero
que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio,
ganando dinero; pero cuando vosotros digerís el alimento que ellos os han suministrado, no
sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan sólo para obtener energías para vuestro
trabajo. En un sentido amplio, se sostiene que, ganar dinero es bueno mientras que gastarlo es
malo. Teniendo en cuenta que son dos aspectos de la misma transacción, esto es absurdo; del
mismo modo que podríamos sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las
cerraduras son malos. Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de
bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El
individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo
radica en el consumo de lo que él produce.
Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo
que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la
obtención de beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en la producción y
demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos demasiado poca
importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al
consumidor.
Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo
el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que
cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera
necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de su tiempo debería ser
de él para emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esencial de cualquier sistema
social de tal especie el que la educación va a más allá del punto que generalmente alcanza en
la actualidad y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al hombre para usar
con inteligencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la clase de cosas que pudieran
considerarse pedantes. Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones
rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la
naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la mayoría a ser
pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto
resulta del hecho de que sus energías activas se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran
más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.
En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La
clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía
necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que
justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de
estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes,
descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales.
Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase
ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.
El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obligaciones era, sin embargo,
extraordinariamente ruinoso. No se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase a
ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcionalmente inteligente. Esta clase podía
producir un Darwin, pero contra él habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos
rurales que jamás pensaron en nada más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los
cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las universidades proporcionan, de un modo
más sistemático, lo que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto.
Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es,
en definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente
académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las
mujeres corrientes; por añadidura, sus medios de expresión suelen ser tales, que privan a sus
opiniones de la influencia que debieran tener sobre el público en general. Otra desventaja es
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que en las universidades los estudios están organizados, y es probable que el hombre que se
le ocurre alguna línea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones
académicas, por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados de los intereses de la
civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de sus muros están demasiado
ocupados para atender a propósitos no utilitarios.
En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona
con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no
importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán
forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a
obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las
cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los
hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la
administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que
suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los
médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no
lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su
juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.
Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y
dispepsia. El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir
agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán
solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos un uno por ciento
dedique el tiempo que no le consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público,
y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá
estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas por los viejos
eruditos. Pero no solamente en estos casos excepcionales se manifestarán las ventajas del
ocio. Los hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán a
ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con
suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte por la razón que antecede y en parte
porque supone un largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de todas las cualidades
morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la
tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción
modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en
vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido
tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios,
pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.
[*] Desde entonces, los miembros del partido comunista han heredado este privilegio de los
guerreros y sacerdotes.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Sindicatos, Gobierno y empresarios acuerdan la integración del Régimen Especial Agrario en el Régimen General de la Seguridad Social

08-03-2011. Para Carlos Bravo y Jesús Villar, secretario confederal de Seguridad Social de CCOO, y secretario general de la Federación Agroalimentaria de CCOO, respectivamente, "hoy se pone fin a la injusticia que suponía que cerca de un millón de trabajadores agrarios tuvieran menos derechos reconocidos de protección social que el resto de trabajadores".

Firma del acuerdo

Firma del acuerdo

El Acuerdo alcanzado en la Mesa de Diálogo Social, que supone la aplicación efectiva del mandato recogido en el Acuerdo de Pensiones de 2006, será remitido como proyecto de ley al Congreso de los diputados y una vez aprobado permitirá que los trabajadores agrarios se integren en el Régimen General de Seguridad Social de modo que puedan acceder en términos de igualdad con el resto de trabajadores a prestaciones que hasta ahora tenían explícitamente excluidas.

Gracias a este acuerdo se equiparan los derechos y obligaciones de los trabajadores agrarios con los del resto de trabajadores del Régimen General. La integración de los trabajadores agrarios por cuenta ajena supone abrir un nuevo marco en las relaciones laborales que favorecerá los ingresos del sistema público de Seguridad Social y permitirá proteger más y mejor a los trabajadores. Entre las novedades de la nueva situación hay que resaltar las siguientes:

Cotización por salarios reales (de forma que se corrige el agravio actual que les obliga a cotizar por bases fijas históricamente ligadas al mínimo y por las que los trabajadores generan derechos a pensiones y prestaciones muy inferiores a los que realmente tendrían derecho en relación a su verdadero salario).

Extensión de la cobertura de los subsidios de desempleo. El Acuerdo incluye un compromiso expreso del Gobierno para que en el plazo de 3 meses a partir de la aprobación de la ley se regule un primer nivel de protección en materia de subsidios, que irá incrementándose con el tiempo hasta que en 2014 se alcance la plena equiparación de las coberturas que actualmente existen para el Régimen General. Hasta ahora los trabajadores agrarios no tenían derecho a acceder a los subsidios de desempleo, pese a que cotizaban por esta contingencia en las mismas cuantías que el resto de trabajadores.

Cotización a cargo del empresario durante las situaciones de Incapacidad Temporal de todos los trabajadores (indefinidos, eventuales y fijos-discontinuos). Durante las situaciones de Incapacidad Temporal, los empresarios estarán obligados a cotizar por contingencias comunes y profesionales de todos sus trabajadores con independencia del contrato que tengan, mientras éste tenga vigencia, por lo que en los trabajadores en situación de incapacidad temporal no estarán obligados a pagar el cupón como ocurría hasta ahora.

Se amplia la cobertura para los trabajadores agrarios de las prestaciones económicas de Maternidad, Paternidad, riesgo durante el embarazo y la lactancia, que hasta ahora no tenían.

Mejora en el coeficiente de cotización por Jornadas Reales y el sistema de cómputo mensual de dichas Jornadas Reales de modo que no genera lagunas de cotización a los Fijos Discontinuos y Eventuales cuando en un mes natural se trabajan todos los días establecidos por el Convenio Colectivo.

Derecho a la Jubilación Anticipada, cuya posibilidad hasta este momento estaba explícitamente excluida para los trabajadores agrarios.

Se crea la cotización por Formación Profesional, que antes no existía, de forma que los trabajadores del sector podrán acceder a estos recursos formativos en términos de igualdad con el resto de trabajadores.

Mejora y objetiviza el sistema de acceso y permanencia al Sistema Especial Agrario (requisitos acceso, causas exclusión, reincorporación, etc.), eliminándose la inseguridad jurídica que provocaba en los trabajadores la obsoleta regulación de la figura del "censo agrario".

Mantenimiento del derecho a cotizar en periodos de inactividad, con características similares a las actuales de manera que se puedan compensar las desiguales carreras de cotización que se sufren en este sector fruto del carácter cíclico de esta actividad.

Mejora de las contingencias protegidas en la cotización por inactividad incluyendo las contingencias de maternidad, paternidad, riesgos durante embarazo y lactancia.

Aumento de la cotización a cargo del empresario, en la línea de aproximarse a la equiparación de tipos del Régimen General.

El Acuerdo prevé la equiparación nominal de los tipos de cotización a cargo de los empresarios agrarios en los mismos términos que los del Régimen General, si bien se mantienen todavía una línea de importantes reducciones y bonificaciones de modo que se asegure que dicha convergencia no supone un incremento de costes que ponga en riesgo la competitividad y el empleo de las explotaciones agrarias.

Es importante reseñar que el Acuerdo contempla la utilización de reducciones y bonificaciones en aras de conseguir mantener una situación de equilibrio financiero en el sistema especial de forma que se mejoren los ingresos del sistema también por esta vía (hasta ahora sólo se contemplaban reducciones, lo que implicaba una merma de ingresos).

Se prevé la constitución de un grupo de seguimiento conformado por sindicatos, empresarios y administración que velará, entre otras cosas, porque los beneficios en la cotización aplicables incentiven la mayor estabilidad en el empleo, la mayor duración de los contratos, y la mayor utilización de los contratos fijos discontinuo. CCOO espera que el Acuerdo suscrito por los sindicatos mayoritarios, empresarios y Gobierno sea respaldado ahora por el conjunto de las fuerzas políticas en forma de apoyo en la tramitación parlamentaria del proyecto de Ley para la integración del REASS en el Régimen General que se ha elaborado a partir del citado Acuerdo de Diálogo Social.

8 DE MARZO: LA DISCRIMINACIÓN QUE NO CESA

Un año más CCOO de Madrid presenta su Informe Anual sobre la mujer trabajadora, en las inmediaciones del 8 de Marzo. Es lamentable que, año tras año, tengamos que comprobar que la economía madrileña, nuestro tejido empresarial, su forma de entender la empresa y el empleo, conduce a las mujeres a tener menos trabajo, peor pagado, más temporal y precario, que los hombres. Un empleo peor, que significa un paro con menos protección y, en el futuro, pensiones mucho peores.

El 72 por ciento de los hombres trabaja o está en el paro, mientras que la tasa de actividad de las mujeres del 59,1 por ciento. 13 puntos porcentuales menos que los hombres.

Una cosa es los que quieren trabajar y otra los que trabajan. También en este caso, el 61 por ciento de los hombres está ocupado, por únicamente el 49,5 por ciento de las mujeres.

No sólo es que, siendo más de la mitad de la población de la Comunidad, la mujer trabaje menos. La mujer soporta mayoritariamente los contratos a tiempo parcial. De hecho el 75 por ciento de estos contratos son para mujeres. Incluso cuando el trabajador o trabajadora opta o se ve obligado a trabajar por cuenta propia, como autónomo, las diferencias aparecen, hasta el punto de que el 62 por ciento son hombres y el 32 por ciento mujeres.

La mujer tiene menos puestos de trabajo. Su empleo es más temporal y precario. Y gana menos. El salario medio de una mujer es 7.965 euros inferior al de un hombre. Es decir, un hombre gana más de un 60 por ciento más que una mujer como media en Madrid. La mayor diferencia salarial de toda España.

Cuando la crisis comenzó, lo hizo por el sector de la construcción, alcanzando pronto a la industria y, en menor medida al empleo en los servicios. Cuanto más dura la crisis, más debilita a los servicios. Por eso, a lo largo de 2010, de las 43.500 personas que engrosaron las listas del paro, 30.900 eran mujeres. El 71 por ciento de las personas que ingresaron en el desempleo en Madrid el año pasado eran mujeres.

Además, al cobrar menos que los hombres, sus prestaciones por desempleo también son inferiores. Una situación que se agrava si tomamos en cuenta que el paro de larga duración es femenino, con un 65 por ciento mujeres frente a un 35 por ciento de hombres.

Las mujeres son el mejor ejemplo de que el verdadero problema de las pensiones no es a qué edad te jubilas, sino la calidad y estabilidad del empleo que tienes. Con menos empleo, más temporal, peor pagado, con más periodos de paro, más contratos a tiempo parcial, es imposible sumar años cotizados y alcanzar una pensión digna. La media de la pensión de una mujer en Madrid es de 617 euros. La de un hombre, de 1.040 euros. Porque la pensión es el resultado final de años cotizados y cuantía cotizada. La mujer tiene menos empleo, de peor calidad, con menos prestaciones si queda parada y con prensiones más bajas cuando alcanza la edad de jubilación.

Si la economía y los empresarios producen este desastre sexista, la política debería tener la misión de corregirlo. Sin embargo el gobierno Regional madrileño dedica cada año menos recursos a Políticas de Igualdad. Para 2011, 6,6 millones de euros menos, que significan menos formación y empleo, menos lucha contra la violencia de género, menos ayudas a los Ayuntamientos para promover la igualdad de género, menos organizaciones de mujeres que reciban ayudas autonómicas.

Además el Gobierno Regional no quiere testigos de sus recortes. No tolera bien las críticas. Ha decidido suprimir el Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid, el organismo de participación de las organizaciones de mujeres en las políticas públicas. Las organizaciones de mujeres acaban de constituir una Plataforma de Organizaciones de mujeres para combatir la ley mordaza que pretende erradicar la participación ciudadana en nuestra Comunidad.

Lejos de reforzar las políticas públicas de cohesión social, en tiempos de crisis, los recortes de gastos amenazan con aumentar las desigualdades. El 8 de Marzo, más que nunca, recupera su carácter reivindicativo y la lucha por la igualdad económica, política, social y democrática de las mujeres madrileñas.

Francisco Javier López Martín
Secretario General de CCOO de Madrid

lunes, 7 de marzo de 2011

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER GIOCONDA BELLI


Los orígenes y la celebración del Día Internacional de la Mujer, 1910-1945
CLARIFICACIÓN DEL MITO DEL 8 DE MARZO

por ANA ISABEL ÁLVAREZ GONZÁLEZ

El nacimiento del Día Internacional de la Mujer, contrariamente a lo que se creía en todos los foros, no radica en un acontecimiento aislado, sobre el que ni tan siquiera existía consenso entre la historiografía norteamericana y la española, sino que ha de encuadrarse en un contexto histórico e ideológico mucho más amplio.

En la historiografía española la conmemoración del 8 de marzo se vincula, erroneamente, al incendio ocurrido el citado día del año 1908 en una fábrica textil de Nueva York, provocado por el propio empresario ante las obreras declaradas en huelga y encerradas en el inmueble.

En la historiografía estadounidense se vincula, también erroneamente el orígen del 8 de marzo a una manifestación de trabajadoras del sector textil en la ciudad de Nueva York que reinvindicaban mejoras laborales.

HISTORIOGRAFÍA ERRONEA "Día Internacional de la Mujer Trabajadora:
Se considera una jornada de lucha feminista en todo el mundo en conmemoración del día 8 de marzo de 1908 en que las trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York llamada Cotton declararon una huelga en protestas por las condiciones insoportables de trabajo. El dueño no aceptó la huelga y las OBRERAS entonces ocuparon la fábrica. El dueño entonces cerró las puertas y prendió fuego muriendo abrasadas las 129 trabajadoras que había dentro (...)" Victoria Sau, Diccionario Ideológico Feminista (1981)

HISTORIOGRAFÍA ERRONEA "(...) la historia de los sucesos que dieron lugar a la designación del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer. En aquel mismo día de 1908, las trabajadoras de la fábrica Cotton de Nueva York se declararon en huelga y ocuparon la factoría. El dueño decidió cerrar las puertas, incendiándose la fábrica y pereciendo las 129 mujeres
que se encontraban en su interior" El País, 8 de marzo de 1977, p. 19

HISTORIOGRAFÍA ERRONEA "El 8 de marzo, relataba a mis alumnos de Estudios de la Mujer la historia del Día Internacional de la Mujer. Es una historia que yo me había repetido varias veces y que, por tanto, conocía bien. Una manifestación espontánea organizada por las trabajadoras del sector textil de la ciudad de Nueva York, protestando por los bajos salarios, la jornada laboral de doce horas, y las crecientes cargas laborales, fue dispersada por la policía, de una forma bastante brutal. Muchas chicas fueron arrestadas; algunas fueron pisoteadas por la multitud. Cincuenta años más tarde, en el aniversario de esa manifestación, fue establecido en su memoria el Día Internacional de la Mujer" Temma Kaplan "On the Socialist Origins of International Women's Day" Feminist Studies 11, nº 1 (Spring 1985), 163

Las referencias sobre el origen de la celebración del 8 de marzo que se basan en el incendio de la fábrica en Nueva York o en la manifestación de las trabajadoras son falsas debido a la manipulación de querer silenciar el verdadero origen de esta festividad.
En relación al incendio, basta con mirar el calendario para hacer tambalear esta teoría. El 8 de marzo de 1908 era domingo, un día un tanto extraño para declararse en huelga sin perjudicar al empresario.
Sí que hubo un incendio en la fábrica la "Triangle Shirtwaist Company" donde murieron muchas mujeres, la mayoría chicas inmigrantes entre los 17 y 24 años, pero no fue el 8 de marzo de 1908 sino el 25 de marzo de 1911, dos días anterior a la primera celebración del Día Internacional de la Mujer.
En relación a la manifestación, aunque esta manifestación tuvo lugar, no fue ni el 8 de marzo de 1857, ni el 8 de marzo de 1908 como se suele referenciar. Fue el 27 de septiembre de 1909 cuando los/las empleado/as del textil hicieron una huelga de trece semanas (hasta el 15 de febrero de 1910) en demanda de mejoras laborales, pero este acontecimiento tampoco es el origen de la celebración del 8 de marzo.

Las historiadoras Liliane Kandel y François Picq afirman que el mito que sitúa la manifestación en el año 1857 fue creado en 1955 para eliminar el carácter comunista que más tarde adquiriría el Día Internacional de la Mujer.

Para desvelar los verdaderos orígenes de la celebración del 8 de marzo como "Día Internacional de la Mujer" y no "Día Internacional de la Mujer Trabajadora" nos hemos basado en la investigación realizada por: ANA ISABEL ÁLVAREZ GONZÁLEZ (1999) Los orígenes y la celebración del Día Internacional de la Mujer, 1910-1945. KRK-Ediciones: Oviedo.Ana Isabel Álvarez doctoranda del programa "Estudios de la Mujer" de la Universidad de Oviedo, realizó durante 1997-1999 una investigación sobre el origen del 8 de marzo consultando fuentes de primera mano en la Universidad de Harvard. Defendió su investigación en junio de 1999.

La historiadora norteamericana Mari Jo Buhle en su obra "Women and American Socialism 1870-1920" estudió el incendio de la "Triangle Shirtwaist Company", suceso de gran transcendencia en la historia contemporanea de EEUU, pero no por dar origen al Día Internacional de la Mujer, sino por ocasionar la muerte de las obreras que el año anterior, en 1910 habían protagonizado la primera huelga llevada a cabo exclusivamente por mujeres en demanda de mejoras en su situación laboral.
La decisión de convertir esta celebración en una festividad internacional corrió a cargo de Clara Zetkin (1857-1933), lider del movimiento alemán de mujeres socialistas. Pero la propuesta presentada por Clara Zetkin en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague los días 26 y 27 de agosto de 1910, para organizar la celebración de un Día Internacional de la Mujer no era del todo original. Tenía un antecedente en el que inspirarse, el Women's Day que las socialistas estadounidenses llevaban celebrando desde 1908, cuya finalidad era la reivindicación del derecho al voto para las mujeres.El Partido Socialista Americano designó el último domingo del mes de febrero, día 28 de 1909, como Woman's Day, para reivindicar el derecho de las mujeres al sufragio. Hasta el 1920 no fue aprobada la Decimonovena Enmienda de la Constitución Estadounidense por la que se otorgaba a las mujeres el derecho al sufragio.
El Día Internacional de la Mujer, que tiene sus orígenes indiscutiblemente en el movimiento internacional de mujeres socialistas de finales del siglo XIX, tenía como finalidad exclusiva promover la lucha por el derecho al voto de la mujer, sin ningún tipo de restricción basada en el nivel de riqueza, propiedades o educación.

La primera celebración del Día Internacional de la Mujer se produjo el 19 de marzo de 1911, y fue seguida en Austria, Alemania, Dinamarca y Suecia.
En los primeros años, el Dia Internacional de la Mujer se festejaba en fechas diferentes según los países. Pero en 1914, a propuesta de las alemanas, el Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez el 8 de marzo en Alemania, Suecia y Rusia. La única autora qu ese aventura a dar una explicación sobre la elección de esta fecha es Renée Côté, quien sólo apunta como posibilidad el hecho de que el mes de marzo estaba cargado de contenido revolucionario, pero sin dar ningún argumento sólido sobre por qué ese día en particular y no otro.

También la Revolución Rusa de 1917 tuvo una gran influencia a todos los niveles en el Día Internacional de la Mujer. Aunque el 8 de marzo se llevaba celebrando el Rusia desde 1914, en el año 1917 las mujeres rusas se amotinaron ante la falta de alimentos, dando inicio al proceso revolucionario que acabaría en el mes de octubre de ese mismo año. Los acontecimientos del 8 de marzo de 1917 (23 de febrero en su calendario) son importantes, no sólo porque dieron origen a la revolución y porque fueron protagonizados por mujeres, sino porque, según todo parece apuntar, esos sucesos fueron los que hicieron que el Día Internacional de la Mujer se pasara al celebrar sin más cambios hasta la actualidad el 8 de Marzo.

Naciones Unidas, con ocasión de la celebración en 1975 del Año Internacional de la Mujer, ofreció una versión de los hechos que habían conducido al nacimiento del Día Internacional de la Mujer. Según Ana Isabel Álvarez, es muy interesante resaltar que en ese breve informe se silencian de manera absoluta los sucesos vividos en Rusia en 1917 que precisamente fueron los que harían del 8 de marzo el día elegido para celebrar el Día Internacional de la Mujer:"El Día Internacional de la Mujer fue propuesto por primera vez por Clara Zetkin, una representante de la Conferencia de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague en 1910.

La propuesta llegó al comienzo de un periodo de gran transformación social y política en el mundo. Europa estaba al borde de la I Guerra Mundial, los imperios coloniales de Asia y África estaban sufriendo las primeras conmociones de la revuelta nacionalista, y en Norteamérica el movimiento por el sufragio femenino estaba cuestionando algunas de las presunciones de las relaciones humanas. La llamada de Clara Zetkin a las mujeres para unir su lucha por la igualdad de derechos con la lucha por preservar la paz mundial topó con un cora sensible.

Cuando se celebró el primer Día Internacional de la Mujer en 1911, más de un millón de mujeres participó públicamente en él.
Además del derecho a voto y a ocupar cargos públicos, demandaban el derecho a trabajar, a la enseñanza vocacional y el fin de la discriminación en el trabajo".
Declarado por la Asamblea General de Naciones Unidas.

Fuente de información:
ANA ISABEL ÁLVAREZ GONZÁLEZ
(1999) Los orígenes y la celebración del Día
Internacional de la Mujer, 1910-1945. KRK-Ediciones: Oviedo.

LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA. UN RETO INAPLAZABLE.

Nuestros salarios, el tiempo de trabajo, la jornada anual y su distribución, la salud laboral, la igualdad en la empresa, la formación y la promoción profesional, las vacaciones, los descansos, los permisos por asuntos personales. Los contratos, el paso de temporales a fijos, la estabilidad en el empleo. Las condiciones de trabajo concretas y cotidianas en cada empresa, dependen del convenio colectivo.

El convenio colectivo, publicado en el Boletín Oficial, con su valor de ley exigible ante los tribunales, parece una concesión administrativa. Pero para negociar ese convenio, ese acuerdo que regula las condiciones laborales en las empresas, se requieren muchas horas de negociación, el intercambio de propuestas y contrapropuestas, movilizaciones, huelgas, vueltas a la mesa de negociación.

Cuando el convenio termina su periodo de vigencia, muchas de las condiciones del convenio, siguen vigentes. El salario no baja, o las vacaciones siguen reguladas de la misma manera, hasta que se consigue alcanzar un nuevo acuerdo sobre el convenio.

Abordar una Reforma de la Negociación Colectiva entre empresarios y sindicatos tiene importancia porque acertar en la regulación de las condiciones laborales, determinará el futuro de toda la economía nacional.

En España tenemos unos niveles de cobertura de la Negociación colectiva equiparables a los de otros países europeos, pero la atomización de la misma dificulta mucho la articulación necesaria. Sería bueno contar con Convenios Sectoriales Estatales, o Acuerdos Marco Generales, en algunos casos convenios autonómicos o subsectoriales. Los convenios de empresa deberían mantener por lo tanto, una vinculación con el convenio sectorial de referencia, sea Estatal o autonómico.

No es bueno tampoco que, en la misma empresa existan convenios específicos para determinados colectivos privilegiados. Como tampoco es bueno que con una economía atomizada en millones de pequeñas y medianas empresas, cuando no microempresas, no cuenten, de hecho, con representantes sindicales, aún cuando representen a varias empresas de un ámbito geográfico.

Los convenios crean con Comisiones Paritarias de empresarios y representantes de los trabajadores, que deberían tener competencias amplias, procedimientos y plazos para solucionar los problemas derivados de la interpretación del convenio, adaptando el mismo y reformándolo, o modificándolo, en determinadas condiciones de cualificación.

Para negociar un convenio, es necesario que todas las partes, empresarios y trabajadores, cuenten con datos fiables sobre la situación económica de la empresa y del sector. Al tiempo que ambas partes deben asumir el deber de negociar, no siendo permisible el bloqueo arbitrario de la negociación, lo cual debe quedar asegurado en la reforma.

Una Reforma que debe establecer claramente las condiciones bajo las cuales pueden producirse modificaciones, cambios, o descuelgues en el cumplimiento de lo acordado en un Convenio Colectivo, incluidas las condiciones bajo las cuales, superadas las dificultades, se recupera la plena vigencia del convenio.

La competencia esencial en la Reforma de la Negociación Colectiva no corresponde al Gobierno, sino a los empresarios y sindicatos. Me parece esencial que la Reforma de la Negociación Colectiva refuerce el papel sindical y empresarial en la negociación, en los contenidos de la misma, y en los procesos de información, consulta y negociación de todo aquello que tiene que ver con el futuro de la empresa y de los sectores económicos. No se trata sólo de negociar un convenio. La innovación tecnológica, el empleo, las reestructuraciones empresariales, la externalización de actividades productivas, la modificación de procesos productivos, el empleo y la calidad y estabilidad del mismo, son esenciales.

Nos jugamos mucho la negociación de esta Reforma. No solo los trabajadores y trabajadoras, sino la capacidad de nuestra economía de superar una crisis económica tremendamente dura y complicada, en mejores condiciones.

Francisco Javier López Martín

Secretario General de CCOO de Madrid